sábado, 10 de octubre de 2009

¿Quién empacó tu paracaídas?


Charles Plumb, era piloto de un bombardero en la guerra de Vietnam.

Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil.

Plumb se lanzó en paracaídas, fue capturado y pasó seis años en una prisión norvietnamita. A su regreso a Estados Unidos, daba conferencias relatando su odisea, y lo que aprendió en la prisión.

Un día estaba en un restaurante y un hombre lo saludó. Le dijo:

- "Hola, usted es Charles Plumb, era piloto en Vietnam y lo derribaron verdad?"

- "Y usted, ¿cómo sabe eso?", le preguntó Plumb.

- "Porque yo empacaba su paracaídas. Parece que le funcionó bien, ¿verdad?"

Plumb casi se ahogó de sorpresa y con mucha gratitud le respondió:

- "Claro que funcionó, si no hubiera funcionado, hoy yo no estaría aquí."

Estando solo Plumb no pudo dormir esa noche, meditando y se preguntaba: "¿Cuántas veces vi en el portaviones a ese hombre y nunca le dije buenos días, yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero?"

Pensó también en las horas que ese marinero pasó en las entrañas del barco enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien que no conocía.

Ahora, Plumb comienza sus conferencias preguntándole a su audiencia:
"¿Quién empacó hoy tu paracaídas?"

Todos tenemos a alguien cuyo trabajo es importante para que nosotros podamos salir adelante. Uno necesita muchos paracaídas en el día: uno físico, uno emocional, uno mental y hasta uno espiritual.

A veces, en los desafíos que la vida nos lanza a diario, perdemos de vista lo que es verdaderamente importante y las personas que nos salvan en el momento oportuno sin que se los pidamos. Dejamos de saludar, de dar las gracias, de felicitar a alguien, o aunque sea, decir algo amable sólo porque sí.

Hoy, esta semana, este año, cada día, trata de darte cuenta quién empaca tu paracaídas, y agradécelo.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

Fue para Terminar la Carrera


Tal vez hayas escuchado la historia de John Stephen Akhwari, el corredor de maratones de Tanzania que quedó en último lugar en las Olimpíadas de 1968 en México. Ningún corredor que ha terminado en último lugar ha quedado tan atrás.

Se lesionó mientras viajaba y entró al estadio cojeando con la pierna ensangrentada y vendada. Había pasado más de una hora desde que el resto de los corredores terminó la carrera. Sólo quedaban unos cuantos espectadores en las gradas cuando Akhwari terminó de cruzar la meta.

Cuando le preguntaron por qué siguió corriendo a pesar del dolor, Akhwari contestó: «Mi país no me envió a México a iniciar la carrera. Me envió a terminarla.»

La gesta de John Stephen Akhwari, representó, y lo sigue haciendo, lo mejor del deporte y de los valores que transmiten los juegos olímpicos. Aun sufriendo fatiga y dolor, con calambres en las piernas, deshidratado y desorientado, su coraje y determinación le impidieron abandonar, debía seguir, tenía que acabar como fuese, y así lo hizo. Más tarde alguien escribió: ''Hoy día hemos visto a un joven corredor africano que simboliza lo mejor del espíritu humano, una actuación que le da significado a la palabra valentía''. Para algunos la única recompensa es la personal (medallas, fama) para otros, como es el caso de John Stephen Akhwari, el triunfo era saber que terminó lo que se había propuesto.

La actitud de este atleta debe ser la nuestra a medida que envejecemos. Tenemos «una carrera por delante» (Hebreos 12:1), y hemos de seguir corriendo hasta que lleguemos a la meta final.

Nadie es demasiado viejo para servir a Dios. Debemos seguir creciendo, madurando y sirviendo hasta el final de nuestros días. Desperdiciar nuestros últimos años es robar a la Iglesia los dones selectos que Dios nos ha dado para compartir. Hay un servicio que prestar. Todavía hay mucho que hacer.

Así que sigamos corriendo «con paciencia». Terminemos la carrera. . . con firmeza.
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sábado, 3 de octubre de 2009

La Fe que mueve montañas


Una pequeña congregación en las faldas de las Montañas "Great Smokies" construyó una nueva iglesia en un lote de terreno donado por un miembro de la iglesia.

Diez días antes de que la nueva iglesia fuese inaugurada, el inspector municipal de la localidad le informó al pastor que la playa de estacionamientos no era lo suficientemente grande para el tamaño del edificio. Hasta que la iglesia doblase el tamaño de la playa de estacionamientos, no podrían utilizar el nuevo santuario.
Desafortunadamente la iglesia con la playa de insuficiente tamaño, había usado cada pulgada de su terreno excepto por la montaña contra la que había sido construida. Para poder construir más estacionamientos, tendrían que sacar la montaña fuera de su patio trasero.

Sin amilanarse, el pastor anunció el siguiente domingo en la mañana, que se reunirían esa noche con todos los miembros que tuviesen una "fe que mueve montañas". Ellos celebrarían una sesión de oración pidiéndole a Dios que removiese la montaña de su patio trasero y que de alguna manera proveyese suficiente dinero para pavimentarlo y pintarlo antes de la fecha del culto de inauguración, que era la semana siguiente.

En el tiempo señalado, 24 de los 300 miembros de la congregación se reunió para orar. Oraron por casi tres horas. A las diez de la noche, el pastor pronunció el "amén" final; "Celebraremos el culto de inauguración el próximo domingo tal y como está programado", les aseguró a todos; "Dios nunca nos ha fallado antes y estoy seguro de que será fiel en esta ocasión también".

A la siguiente mañana, mientras el pastor trabajaba en su estudio, oyó un fuerte golpeteo en su puerta. Cuando gritó "entre", un capataz de aspecto rudo apareció, quitándose el casco al entrar; "Perdóneme, Reverendo. Soy de la Compañía de Construcción Acme del condado aledaño. Estamos construyendo un enorme centro comercial allá y necesitamos algo de tierra para relleno. ¿Podría usted vendernos un pedazo de esa montaña detrás de su iglesia? Le pagaremos por la tierra que removamos y le pavimentaremos el área desocupada a costo nuestro, si la podemos tener de una vez.”

Aquella pequeña iglesia fue dedicada el siguiente domingo de acuerdo al plan original, y hubo muchísimos más miembros con "fe que mueve montañas" que los que había habido la semana anterior.

¿Nos hubiéramos nosotros presentado para aquella reunión de oración? Alguna gente dice que la fe viene de los milagros. ¡Pero otros saben que los milagros vienen por la fe!

- ¡Mujer, qué grande es tu fe! -contestó Jesús-. Que se cumpla lo que quieres. Y desde ese mismo momento quedó sana su hija. Mateo 15:28


- Porque ustedes tienen tan poca fe -les respondió-. Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: 'Trasládate de aquí para allá. Mateo 15:20

Autor desconocido
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jueves, 1 de octubre de 2009

No Estamos Solos


¿Conoces la historia del rito en el paso de la infancia a la juventud de los indios Cherokee?

Cuando el niño empieza su adolescencia, su padre lo lleva al bosque, le venda los ojos y se va dejándolo solo.

Él tiene la obligación de sentarse en un tronco toda la noche y no puede quitarse la venda hasta que los rayos del sol brillan de nuevo en la mañana

Él no puede pedir auxilio a nadie. Una vez que sobrevive esa noche, él ya es un hombre.

Él no puede platicar con los otros muchachos acerca de esta experiencia, debido a que cada chico debe entrar en la masculinidad por su cuenta.

El niño está naturalmente aterrorizado. Él puede oír toda clase de ruidos… Bestias salvajes que rondan a su alrededor, lobos que aúllan, quizás algún humano que puede hacerle daño.

Escucha el viento soplar y la hierva crujir, sentado estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Ya que es la única manera en que puede llegar a ser un hombre.

Por último, después de esa horrible noche, aparece el sol y el niño se quita la venda… es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él.

Su padre no se ha ido, ha velado toda la noche en silencio, sentado en un tronco para proteger a su hijo del peligro sin que él se dé cuenta.

De la misma forma, nosotros nunca estamos solos. Aun cuando no podamos verlo, en medio de las oscuridades de la vida, nuestro Padre Celestial está a nuestro lado, velando por nosotros, sentado en un tronco.

Cuando vienen los problemas y la oscuridad, lo único que tenemos que hacer es confiar en Él, algún día vendrá el amanecer y lo veremos cara a cara tal cual es.

Autor Anónimo

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